Carmen Goya, anarquista ejemplar

Al escribir este artículo sobre Carmen Goya, una de las más extraordinarias luchadoras obreras del siglo XX en Canarias, se me producen sentimientos encontrados entre el deber de rescatar su persona del injusto olvido en que está sumida y el temor a no estar a la altura de la tarea, fundamentalmente por falta de objetividad, debida sobre todo a la amistad que nos unió en los últimos años de su vida. Además, existe muy poco material documental que sirva de soporte a la exposición, por lo que me baso sobre todo en conversaciones con ella y en los recuerdos de amigos y coetáneos suyos, como Antoñé Tejera, José Carrillo Belmonte y Antonio Sanfiel, ya fallecidos, a quienes debo muchos de los datos que se manejan en el texto.

Dedicatoria:

A las mujeres canarias que fueron asesinadas, presas y represaliadas durante la guerra civil. A las supervivientes.

Texto:

Gregoria Magdalena Goya Hernández, más conocida por su nombre de adopción, Carmen Goya, nació en Santa Cruz de Tenerife el 10 de agosto de 1905, en una familia numerosa de origen campesino, que, según sus propias palabras, fue su “escuela de la vida”. Su padre, Pedro Goya, era trabajador subalterno del ayuntamiento de la capital y activo militante del Partido Republicano Federal. Obsesionado por la educación y la instrucción, asistía regularmente con sus hijos e hijas mayores a las escuelas obreras, donde, impartidas por maestros de izquierdas y planteadas con lenguaje asequible, se daban charlas sobre cuestiones culturales de toda índole.

BAUTISMO LABORAL.

Al igual que sus hermanos y hermanas, Carmen fue escolarizada y recordaba más tarde que era de las pocas trabajadoras de la época que sabía leer y escribir correctamente. Las necesidades familiares la obligaron a incorporarse desde los 13 años al mercado de trabajo entonces más importante de la isla, las fábricas de tabaco, donde ingresó con físico de niña, pero con una gran madurez personal y política que la llevó casi de inmediato a afiliarse a la CNT, el sindicato más importante de Tenerife. Como muchas mujeres de origen obrero de su época quiso continuar sus estudios, pero no pudo. Las carreras de su preferencia eran farmacia, enfermería y magisterio, profesiones “de mujeres” con un fuerte contenido de proyección social.

1918, el año de su bautismo laboral, fue también el del fin de la Primera Guerra Mundial, enfrentamiento bélico que había planteado graves problemas en el seno del movimiento obrero internacional, escindido entre los que apoyaban a sus respectivos Gobiernos y los partidarios de opciones pacifistas. (El padre de Carmen, concretamente, era partidario de los aliados contra Alemania). Refiriéndose sesenta años más tarde a este asunto, Carmen diría que su padre estaba equivocado y que nunca l@s trabajador@s debían apoyar a ningún Gobierno, pues éstos acaban siempre revolviéndose contra sus ciudadanos y ciudadanas, a los que no conceden mayor categoría que la de súbditos. Afirmaciones como ésta son el mejor reflejo de la personalidad de Carmen Goya, anarquista ideológica y vital, que asumió en su vida cotidiana los principios en los que creyó sin fisuras hasta su muerte.

PRIMERAS LECTURAS.

Carmen recordaba que sus primeras lecturas fueron los  textos educativos de la pareja de divulgadores del anarquismo Soledad Gustavo y Federico Urales (padres de Federica Montseny), que aparecían en la Revista Blanca       y que configuraban la sociedad ideal:  sin clases ni leyes, sin represión, sin policía y sin dinero, y autoorganizada en torno al bien común de las personas. Estos textos, junto con obras de Ferrer y Guardia, Jules Vallés, Elisée Reclus y Pior Kropotkin constituyeron la biblioteca básica de una joven inquieta y muy discutidora. (También profundamente sectaria con los que ella llamaba “socialistas autoritarios” -comunistas y socialistas-, sectarismo que nunca amainó.)

Aunque hacía escasas referencias a su vida personal y familiar, sabemos que era considerada entre la gente de su gremio y militancia como una mujer elegante, que vestía bien y con gusto, siempre llevaba medias y nunca se maquilló. Tenía una gran capacidad expresiva y sus intervenciones en mítines, según el también anarcosindicalista tinerfeño, José Carrillo Belmonte, “eran electrizantes”. Conectaba con las masas de obreros y obreras del tabaco en un lenguaje llano y directo, incitándoles a la huelga o a cualquier otra acción para mejorar sus condiciones laborales y de vida. Así, tuvo una destacada intervención en las huelgas de inquilinos, en reivindicación de alquileres adecuados a los ingresos de l@s trabajador@s, contra los desahucios por impago y por la construcción de viviendas asequibles.

No deja de ser un terrible sarcasmo que tan activa participante en estas luchas por una vivienda digna no tuviera a su regreso del exilio un techo donde cobijarse y viviera hasta su muerte en casas de amigos y en habitaciones de alquiler o subarriendo.

Esta vertiente social de la CNT tuvo especial aplicación en la construcción de casas baratas para familias trabajadoras en lo que hoy es el barrio de Salamanca. Fueron proyectadas y construidas por arquitectos, aparejadores y maestros de obra catalanes, desplazados a la isla especialmente para esa tarea. Carmen Goya colaboró activamente con ellos. Esta idea innovadora, original y revolucionaria en los años ’20 – ’30 del siglo pasado no tuvo parangón en ninguna otra de las opciones sindicales de entonces, más preocupadas por las acciones inmediatas de la lucha cotidiana.

La Organización, como era conocida la CNT entre sus afiliad@s y simpatizantes daba prioridad a la consigna de los tres ochos -8 horas de trabajo, 8 de ocio y 8 descanso- y realizaba en sus locales conferencias y charlas sobre asuntos variados. Allí se formaban los cuadros del movimiento obrero y Carmen asistía asiduamente a ellas. Se hablaba de vegetarianismo (Carmen lo practicó durante años), de curas de sol, de eugenesia, de sexualidad y de control de la natalidad; se organizaban excursiones, se difundía a los naturalistas franceses, pero sobre todo se hablaba de comunismo libertario y de acción directa. Y en esto fue donde Carmen Goya destacaba, siempre en primera línea, hasta su detención en julio de 1936.

En los años anteriores había sido detenida en diversas ocasiones, sufriendo multas gubernativas por manifestación ilegal o huelga. Junto a algunas compañeras como Micaela Rodríguez Bello, Isabel Hernández, María Luisa Hernández Remón y Margarita Rocha Mata, pertenecía al núcleo duro de mujeres de la CNT que apoyaba sin reservas a la FAI.

Curiosamente, ninguna de ellas ocupó cargos de relevancia en la estructura sindical, pero tampoco, que yo conozca, hicieron nunca la menor objeción crítica por ello.

A pesar de ser “Mujeres Libres”, potenciada por el movimiento anarquista, la primera organización de mujeres del Estado español, Carmen despreciaba demasiado el voto como método de lucha para sentir simpatías por el feminismo, uno de cuyos principales objetivos en esos tiempos era el sufragio para las mujeres. Soltera y sin hijos, entendía perfectamente el aborto como derecho de las mujeres, pero manifestaba serias resistencia a su uso “indiscriminado”. Contaba que una de las impresiones más impactantes de su vida la tuvo durante su largo exilio, al ver en un periódico una foto de una india de la Amazonia venezolana, que amamantaba a su hijo con un pecho y  a un bebé de mono huérfano con el otro. Decía que era la explicación más directa de la solidaridad de las especies y el mejor ejemplo de la hermandad natural entre los seres vivos.

Ni se planteaba el derecho al divorcio, en la medida en que el matrimonio no entraba en los esquemas de una anarquista consecuente como ella. En síntesis y en relación a la mujer, sus planteamientos eran: rápida emancipación del hogar familiar, libre elección de compañero y planificación del número de hijos. No concebía contradicciones de sexo ni perspectivas de género, pues consideraba que con la lucha revolucionaria se arrumbaría la opresión de las mujeres, lográndose el clima de respeto, solidaridad y fraternidad entre todos los seres humanos, sin distraer para la discusión femenina un tiempo que era precioso para otras tareas.

LA REPÚBLICA.

El advenimiento de la República no fue acogido con especial entusiasmo por los anarquistas, que consideraban que el nuevo régimen seguía estando al servicio de las clases dominantes; era el mismo perro con distinto collar y mejores caras que las facies borbónicas que hasta entonces habían gobernado el país.

Ni siquiera en los últimos años de su vida tuvo Carmen Goya una visión autocrítica de la actuación de CNT-FAI durante la República. Es más, consideraba que ésta había sido particularmente sanguinaria en su represión a los anarquistas, siendo uno de sus temas recurrentes el episodio de Casas Viejas, en que una sublevación de campesinos ácratas fue reprimida a sangre y fuego por la Guardia de Asalto republicana. No valoraba los esfuerzos reformistas de aquel régimen tambaleante desde sus inicios, acosado desde todos los frentes por la reacción más brutal, y consideraba justa y correcta -política y sindicalmente- la oposición frontal al mismo, pues creía que existían condiciones para la revolución social y la implantación del comunismo libertario en España.

De esta época eran los mejores recuerdos de Carmen Goya, que rememoraba con especial sentimiento la llamada “insurrección de Hermigua” de 1933 y la posterior represión que recayó sobre los trabajadores y trabajadoras de la platanera participantes en los sucesos.

En 1933 tuvo lugar en el municipio gomero de Hermigua una huelga de trabajadores/as de la platanera, convocada por UGT. Ante el intento de represión por la Guardia Civil, se produjo un levantamiento espontáneo de los/as huelguistas, que se saldó con la muerte de dos guardias y de un obrero. En el juicio intervino como abogado defensor el famoso penalista Luís Jiménez de Asúa, que encontró en este suceso, como en el de Castilblanco (Badajoz), argumentos para su cimentar su teoría sobre la eximente de enajenación colectiva, explosiones espontáneas e incontroladas producidas en comunidades largo tiempo sometidas a injustas opresiones de todo tipo (algo similar a lo que relata Lope de Vega en Fuenteovejuna). Los acusados y acusadas fueron absueltos, aunque muchos de ellos fueron asesinados a partir del 18 de julio del ’36.

La movilización solidaria aparcó por unos momentos los sectarismos dentro del movimiento obrero tinerfeño. Los distintos sindicatos y organizaciones se movilizaron para prestar ayuda a l@s pres@s y a sus familiares acompañantes mientras duró el consejo de guerra, que tuvo lugar en el Cuartel de San Carlos, de Santa Cruz de Tenerife. Todos los días se les llevaba comida y ropa limpia, mientras sus hijos y familiares eran acogidos en hogares de gente tan pobre como ellos. Carmen recordaba que ella e Isabel Hernández no trabajaron esos días, pues desde muy temprano empezaban el recorrido por casas de compañeros y compañeras, buscando lo que hubiera para preparar la comida y encargándose de recoger la ropa lavada y planchada para que l@s re@s pudieran presentarse dignamente ante el tribunal.

Algunas ciudadelas de Santa Cruz eran un ejemplo extraordinario de organización anarquista. Los y las trabajadoras aportaban una parte de su salario para los gastos comunes y se organizaban turnos de baño, comida y limpieza. En esas ciudadelas se alojan amigos, simpatizantes y, por supuesto, perseguidos políticos. Allí es donde se cocina para los procesados de Hermigua, se lava y plancha su ropa, y se acoge a los familiares que les acompañaban.

El periódico de la CNT, En Marcha, organizó colectas públicas para recaudar fondos en apoyo de l@s acusad@s y siguió el juicio con todo detalle; sus páginas dedicadas a las presas que comparecían ante el tribunal con sus hijos pequeños son particularmente conmovedoras.

Entre los procesados está Antonia Pineda, con un hijo pequeño. Posteriormente sería asesinada con su bebé en fecha desconocida del verano de 1936.

En esta actividad solidaria Carmen forjó una relación afectiva con mujeres de otros partidos y sindicatos obreros, pues todos entendieron que ante el enemigo común la solidaridad de clase y la unidad de acción eran prioritarias.

La sublevación de Asturias de 1934 y la masacre subsiguiente a cargo de la Legión comandada por Franco, hizo caer en la cuenta a la parte más política de la CNT que era necesario establecer alianzas para conjurar el peligro de un golpe de estado. Esto generó un serio debate en el movimiento anarquista, que tuvo su reflejo en Canarias. Carmen Goya se alineó con las tendencias más radicales de la FAI, contrarias a cualquier pacto con otros partidos y sindicatos.

Viendo la situación de una manera absolutamente simplista, consideraba que a la clase obrera le había ido mal con todos los gobiernos de la República y no se le podían sacar las castañas del fuego a quienes habían perseguido a los anarquistas. Sin embargo, la consigna de “¡Sacar a los presos!” fue lo suficientemente motivadora para que la CNT diera libertad de voto a sus militantes y para que muchos de éstos se “mancharan las manos votando”, lo que dio al triunfo al Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936. Ni siquiera entonces votó Carmen, pero varias compañeras suyas no sólo lo hicieron sino que integraron piquetes de vigilancia de las urnas, para evitar posibles fraudes electorales de la derecha.

CONDENA A MUERTE.

El triunfo del Frente Popular fue la señal que intensificó las actividades conspiratorias de la reacción, ya firmemente decidida a derrocar al Gobierno legítimo. Significó así mismo, un hito en la desesperada insistencia de la izquierda en poner freno efectivo a la conspiración, ante la manifiesta incapacidad gubernativa. El 17 de julio la CNT convocó una huelga en el puerto de Santa Cruz de Tenerife y el 18 por la noche, ya conocido el bando de guerra de los sublevados, convocó una reunión en la zona de Montaña Roja, en Los Campitos, en la que se planteó la resistencia armada contra los militares golpistas. Las armas nunca aparecieron y días después los conjurados y conjuradas fueron detenidos y procesados.

El cenetista Antonio Tejera, “Antoñé”, nos dejó el siguiente testimonio:

“Vi a Domitila y a Carmen Goya, negras de aquí para abajo, negras,

llorando allí” [en el Palacio de Justicia].

Septiembre/octubre de 1936.

Hubo 21 condenas a muerte, entre ellas la de Carmen Goya y María Luisa Hernández Remón, que posteriormente vieron conmutada su pena por la de treinta años de cárcel. El 23 de enero de 1937 fueron fusilados diecinueve hombres incursos en el mismo proceso.

Carmen cumplió parte de su condena en la Prisión de Mujeres de la calle San Miguel de Santa Cruz de Tenerife, en la que llegó a haber hasta 300 reclusas, muchas de ellas sin más delito que ser esposa, madre, novia o hermana de rojo. A pesar de las diferencias políticas, consolidaron un colectivo que organizó varias protestas en relación a cuestiones de higiene, patio y visitas. Después de varios años de prisión, Carmen Goya fue desterrada a Las Palmas de Gran Canaria, donde según sus propias palabras, vivió unos años felices ayudada por gente de ideología diversa a quien sólo movía la solidaridad de l@s perdedor@s. Desde Las Palmas y utilizando sus nombres reales, Gregoria Magdalena, que no constaban en su ficha policial, logró emigrar a Venezuela a principios de los años ’50.

No se adaptó a la vida de la emigración, aunque contactó de inmediato con núcleos de anarquistas canarios y catalanes, que la ayudaron en los primeros tiempos. Pudo constatar que militantes conocidos abrían un paréntesis en su vida y daban prioridad a su propia supervivencia personal y familiar. En la Venezuela de los ’50 el movimiento obrero era prácticamente inexistente y estaba integrado casi exclusivamente por el Partido Comunista y organizaciones socialdemócratras, siendo infructuosos los intentos de los anarquistas por penetrar e influir en él.

Tuvo diversos trabajos (fábricas, servicio doméstico), aunque se ganó la vida principalmente como tabaquera, que era el oficio que mejor conocía.

REGRESO A TENERIFE.

En los años ’70 Carmen retornó a Tenerife, ya jubilada, con una pensión escasa y sin lugar fijo donde residir, contando con la precaria ayuda de sus compañeros y compañeras supervivientes. Dedicó gran parte de su tiempo a su hermano José, militar profesional represaliado por su lealtad a la República, que sufría un trastorno mental. Fue entonces cuando tuve ocasión de conocerla y entablar largas conversaciones con ella sobre la época que le había tocado vivir en su juventud. Nunca consideró su vida particularmente interesante ni heroica. Hablaba con naturalidad y nunca contó batallas en las que fuera protagonista exclusiva de nada.

La muerte del dictador y la legalización de partidos y sindicatos supusieron un nuevo aliciente en su vida. En los momentos esperanzados de la transición contactó con organizaciones políticas y sociales, de las que nunca había oído hablar pero que la integraron plenamente en su quehacer cotidiano. Su apoyo a todas las causas de la izquierda fue constante. Puso su experiencia y su renovado entusiasmo en las actividades en las que participaba, trasladándose a las zonas más recónditas de la isla para cualquier tipo de actos. En 1985, en la Universidad de La Laguna y con ocasión de la lectura de la tesina de Gloria Cubas, titulada Mujer y República, Carmen fue invitada a intervenir por el presidente del tribunal, una vez terminado el acto, hecho insólito en la vida académica. Se produjo un fuerte sentimiento de emoción entre los y las asistentes al oír a aquella digna mujer del ’36 reclamando su pasado y exigiendo justicia para ella y para sus compañeras y compañeros.

Un año antes Carmen se había encontrado enferma y había acudido al médico, a quien pidió, después de las pruebas pertinentes, un diagnóstico claro de su mal, así como explicaciones concretas sobre tratamiento, tiempo y calidad de vida. El facultativo, sorprendido del nivel de conocimientos y decisión de aquella anciana pobremente vestida, que sólo tenía la cobertura afectiva de sus amigas, le diagnosticó su dolencia, cáncer de colon, así como el pronóstico de la enfermedad. Tramitamos una cama en una residencia de crónicos, en la que al cabo de unos meses pidió el alta voluntaria, pues no quería estar sometida a reglas ni horarios de ningún tipo. Volvió a una habitación de alquiler, hasta que el 31 de diciembre de 1986, a las 8,30 de la noche, descansó su agotado corazón. Días antes había repartido sus escasas pertenencias entre sus amigas y amigos. A mí me tocaron dos libros maravillosamente encuadernados, la Ilíada y los Himnos Homéricos, que a su vez le habían regalado a ella cuando estaba en prisión.

Estos son los retazos de la vida de mi amiga Carmen Goya, mujer extraordinaria y singular, generosa y sectaria, que sacrificó la única relación amorosa que tuvo con el argumento de que aquéllos tiempos -los años ’30- no eran para romances sino para revoluciones.

Montserrat González Lugo

El Blog de Pedro Medina Sanabria ~ Memoria e Historia de Canarias

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