Había una vez en un reino muy, pero muy lejano (en realidad era un vecindario con muchas casas parecidas), una joven llamada Cenicienta, que vivía con su madrastra y sus dos hermanastros. Mientras ellos pasaban el día quejándose y peleando por cosas absurdas como “¿Quién se comió el último trozo de pizza?” o “¡Mi cama está más desordenada que la tuya!”, Cenicienta estaba ocupada haciendo algo mucho más interesante: ¡arreglando el coche de su madrastra!
Sí, Cenicienta sabía cómo cambiar una llanta, ajustar los frenos y, si era necesario, meterle mano al motor. Nadie lo sabía, porque ella era la “chica rara” que prefería ensuciarse las manos antes que pasar horas haciendo Tik Toks. Los hermanastros, por supuesto, pensaban que ella era un bicho raro, y siempre decían cosas como: “¡Qué rara eres, Cenicienta! Las chicas no deberían estar reparando cosas, ¿por qué no mejor organizas tus zapatos?”
Un día, el rey del reino que reinaba decidió organizar un gran baile. El príncipe, que en realidad era más conocido por su habilidad para jugar a videojuegos que por su destreza para gobernar, quería encontrar una pareja que fuera increíblemente divertida y que supiera desarmar una computadora (sí, el príncipe también tenía un vicio con los videojuegos).
Los hermanastros se pusieron sus mejores trajes, y empezaron a practicar el baile frente al espejo. Cenicienta, por supuesto, estaba ocupada cambiando el aceite del coche, porque siempre había algo que hacer. Pero, cuando se enteró del baile, pensó: “¿Y por qué no?”
Esa noche, con su vestido ligeramente arrugado y un par de zapatillas deportivas, Cenicienta apareció en el baile. Cuando los demás la vieron entrar, se quedaron boquiabiertos. No era la típica chica delicada que solo sabía bailar y sonreír, no. Cenicienta era diferente. ¡Ella era un torbellino!
El príncipe, que estaba cansado de ver a las chicas simular que sabían bailar, se acercó a Cenicienta y le preguntó: «¿Te gustaría bailar?» Cenicienta lo miró, levantó una ceja y le dijo: «Lo siento, príncipe, pero no bailo. ¡Voy a enseñarte a jugar al Mario Kart!». Y así, comenzaron la competencia más épica del reino. El príncipe, acostumbrado a ganar en todo, nunca había jugado contra alguien tan imparable. Cenicienta no solo le ganó, sino que también le enseñó unos trucos secretos.
Entre risas y rivalidades, Cenicienta y el príncipe se dieron cuenta de que no necesitaban ajustarse a ningún estereotipo. La noche no iba sobre quién lucía mejor, sino sobre quien se divertía más.
Al final, los hermanos de Cenicienta la miraron boquiabiertos. Uno de ellos dijo: “¡Pero… pero no tienes zapatos de cristal!” Cenicienta se rio y respondió: “¡Claro que no! Si no puedes correr con esos zapatos, ¿de qué sirven? Mejor unos tenis cómodos”. Los demás, avergonzados, se dieron cuenta de que, a veces, lo importante no era cómo se veía la gente, sino lo que hacía.
El príncipe, que ahora tenía la mejor amiga para juegos de video y reparaciones de coches, decidió invitarla a más competiciones de Mario Kart. Cenicienta, por su parte, pensó: “¿Quién diría que el príncipe sería tan bueno con los mandos de un videojuego? ¡Puedo enseñarle a arreglar un coche!”
Y así, Cenicienta y el príncipe vivieron muchas aventuras juntos. A veces arreglaban cosas, otras veces jugaban videojuegos, y otras simplemente se reían de lo absurdo de las reglas sociales. Y en el reino, todos aprendieron que no hay tareas para chicas ni para chicos, y que lo mejor es hacer lo que más te gusta, sin importar lo que otros digan o hagan.
FIN
Autores: Carmen María García Hernández, Julia León Raya y José Antonio Mesa Morales. Alumas/os de 3º ESO CEO en Vallehermoso.